Butch Cassidy, Sundance Kid y Etta Place

Butch Cassidy, Sundance Kid y Etta Place cambiaron el viento del lejano Oeste por los confines patagónicos. Con la ley tras sus pasos lograron vivir cuatro años como ganaderos para internarse luego en la leyenda.

La cajetilla de cigarros a treinta pasos de la puerta. El gringo apoyado en el dintel y la pistola girando en la mano. Después, un disparo y la pequeña caja hecha polvo.

Hubo silencio en el boliche de Santiago Ryan, un norteamericano de 38 años que, en 1901, había llegado hasta Cholila, un pueblo que se tambaleaba en la patagónica frontera chileno argentina. La pistola de Ryan tenía historia, no así su nombre. El arma había dejado huellas en el Far West norteamericano, tantas, que el nombre de Santiago Ryan fue un mero invento para cubrir la verdadera identidad del hombre más buscado en los Estados Unidos: Butch Cassidy.

Cassidy y su banda, la Wild Bunch, habían asolado a los grandes terratenientes, a las empresas de ferrocarriles y a los bancos norteamericanos. En sus asaltos perfectamente planeados trataban de evitar que corriera sangre y una vez concretados compartían parte de sus botines con los más pobres. En 1900, después de un gran asalto a un banco de Nevada, la Wild Bunch se tomó una foto que mandó a sus potentadas víctimas. La imagen fue el aviso de que, desde ese momento, los bandoleros desaparecerían del mapa. La leyenda comenzó a tejerse en torno de este gringo hijo de mormones, y su venida a los confines de Sudamérica sirvió para agrandar el mito. Cassidy tuvo que transformarse en Ryan para llegar hasta Buenos Aires. Era 1901 y desde el puerto de la capital argentina tomó un tren que lo dejó en Neuquén. Pero no venía solo, dos bandoleros más se escapaban con él. Eran Sundance Kid y Etta Place, una hermosa forajida de 26 años que manejaba el revólver como el mejor de los pistoleros. A caballo se adentraron en la Patagonia hasta que Cholila les marcó el final de la jornada. El pueblo con sus cardos enseñoreándose por todos lados le recordó a Cassidy su Utah natal.

“’Yo iba con unas chicas conocidas a espiar la casa de los gringos. Íbamos de noche para que no nos vieran, y nunca nos pillaron. No veíamos mucho, pero eso sí, escuchábamos la pura sonajera de platos.” Este es de los pocos recuerdos que tiene Delia Rivera de sus antiguos vecinos, y es que con más de cien años la niñez se borronea. “Mi papá nos echaba miedo de que los forasteros nos iban a correr a balazos pero nosotras seguíamos yendo a mirarlos.” Los padres de doña Delia eran chilenos como más de la mitad de los 189 habitantes del Cholila de entonces, un pequeño poblado 198 kilómetros al sur de Bariloche, un territorio donde la legalidad todavía estaba en pañales.

A los 18 años, Cassidy aún era Robert Leroy Parker, el mayor de trece hermanos nacidos en las pampas ventosas de Utah. A esa edad partió a trabajar con ganaderos en el salvaje oeste y se hizo experto en el manejo de los caballos y en faenas campestres. En esta misma época decidió que la gente pobre debía buscar sus derechos en la ilegalidad y se inició como asaltante al amparo del bandido Mike Cassidy, de quien tomó el apellido. Butch, su nuevo nombre, lo copió de la marca de la pistola que Mike le prestó para su primer robo de ganado. A partir de ahí comenzó la copiosa serie de atracos que lo llevaron a encabezar la lista de forajidos que la agencia de detectives Pinkerton –la más importante de ese tiempo– perseguía por el mundo.

Una vez en Cholila, con los lagos y la cordillera como telón de fondo, los bandidos levantaron su hogar al estilo Far West. Después empezaron a comprar animales con el dinero conseguido en sus atracos y ocuparon tiempo y esfuerzo en hacer una gran caballeriza y cuatro establos. La idea era tener espacio suficiente para albergar a muchos animales y así no caer en lo que el ahora Ryan definía como la perdición del campesino: la pequeña ganadería. Así domaron la tierra chubutense y sus pastizales salvajes y endurecidos. Hacia 1905 llegaron a tener novecientas cabezas de ganado y cuarenta caballos pastando en sus seis mil hectáreas. Aunque cada uno de los miembros de la “familia de tres” (como los llamaba la gente del pueblo) aportaban al trabajo Cassidy era el verdadero experto. Los incipientes ganaderos de Cholila aprendieron de él: los gringos pagaban bien y a tiempo, cumplían lo pactado y enseñaban a sus trabajadores.

Además de la casa y de las instalaciones Ryan construyó un almacén que pasó a ser el centro social de los hombres del pueblo. Allí se hablaba del día, de los animales, de negocios y de las mujeres del lugar. Ellas estaban lejos de ser débiles florecillas silvestres que se pasaban el día fregando platos. Delia Rivera busca en su memoria de casi un siglo y recuerda que cuando era niña casi todas las mujeres manejaban armas. La frontera vulnerable, los cuatreros que iban y venían y los maridos todo el día en el campo, obligaban a aprender de rifles. Eso sí, ninguna lugareña podía hacer lo que Etta.

Con 79 años vividos en Cholila Raúl Cea se ha convertido en un experto rastreador de leyendas. Él cuenta que la compañera de Sundance Kid había sido maestra en Estados Unidos, era muy respetada en Cholila y no solo por las dos pistolas que usaba al cinto. Griselda Morales, la abuela de Raúl, era amiga de Etta y entre las historias que le refería a su nieto hay una que ilustra la personalidad de la extranjera. “Mi abuela le preguntó cómo era la vida de las mujeres en Estados Unidos. Etta le contestó que una mujer del Oeste tenía que estar preparada para criar hijos, para cocinar y para defender su tierra, su persona y su hombre.” Pero no le bastaron las palabras y le pidió a Griselda dos botellas para mostrarle lo que era capaz de hacer una mujer criada entre bandoleros y terratenientes. Las botellas sobre dos pilares. Etta alejándose en su caballo. Etta a todo galope hacia la tranquera, la rienda entre los dientes, un revólver en cada mano y las botellas volando en pedazos hacia todos lados.

No son solo recuerdos los que colecciona Cea. Él ha sido pieza clave de los dos simposios internacionales que se han hecho para tratar de encontrar la historia real del paso de los bandidos por Sudamérica. Allí ha obtenido nuevos datos y ha aportado mucho. El entusiasmo del historiador amateur contagió también a su hija quien se dedica a mostrar imágenes de los vecinos más famosos de Cholila. Fotos que atraparon trozos de la vida de los bandidos en Norteamérica y en el pueblo, cuelgan de las paredes de la casa de té “Butch Cassidy” que la mujer levantó en el lugar mientras su padre sigue buscando pistas.

Cuando tenía 17 años Manuel José Cea, padre de Raúl, fue invitado a tomar el té a la casa del trío. “Por lo que me contó mi papá, ellos estaban acostumbrados a un nivel de vida más alto que el del resto de los pobladores. Por ejemplo, la palangana donde echaban el agua era de cerámica y las ropas eran buenas. A él lo que más le impresionó fue la soltura con que se movía y conversaba la mujer.” Etta Place y Sundance Kid, conocido en Cholila como Enrique Place, se acompañaban en las noches patagónicas, pero el soltero de la casa no se quedaba atrás. “Él compraba el oficio por ahí” refiere sonriendo Raúl y cuenta que los pequeños ojos azules de Butch eran fulminantes, por lo que resultaba imposible sostenerle la mirada.

Mientras los forasteros construían sus nuevas vidas, los detectives les pisaban los talones. Hasta el puerto de Buenos Aires había llegado la famosa foto de la Wild Bunch que facilitaría la búsqueda de Cassidy, pero las enormes distancias y lo incierto de los caminos patagónicos desanimaban a los contactos de la Pinkerton. Hasta aquí llega la historia tal como se ha logrado reconstruir, después los hechos se confunden con la leyenda. En febrero de 1905 el Banco de Londres y Tarapacá en Río Gallegos fue asaltado. Según algunos fueron los tres gringos de Cholila, pero Raúl Cea asegura que el día antes del suceso el trío estaba en el pueblo, por lo que era imposible que hubieran alcanzado a llegar al lugar del atraco. El historiador no tiene dudas. “Mi papá me contó esto y yo le creo a pies juntillas.” De todas maneras en los días siguientes al robo, Santiago Ryan y los Place desaparecieron de Cholila.

Dos meses después los bandoleros venden el rancho porque la ley los estaba empezando a acorralar. La agencia Pinkerton conocía su ubicación y el gobernador del Territorio Nacional del Chubut, Julio Lezana, había emitido una orden de arresto, pero antes de que pudiera ser ejecutada el Sheriff Edward Humphreys, un argentino-galés amigo de Parker y enamorado de Etta Place, los alertó para que escapen. El trío huyó hacia San Carlos de Bariloche donde se embarcaron en el vapor El Cóndor atravesando el Lago Nahuel Huapi y cruzando a Chile. Sin embargo hacia finales del año estaban de regreso en Argentina ya que el 19 de diciembre, Butch Cassidy, Sundance Kid, Etta Place y un hombre no identificado tomaron parte en un robo al Banco de la Nación de Villa Mercedes en la provincia de San Luis y perseguidos por hombres armados volvieron a cruzar los Andes hacia Chile.

La casa y los corrales que habían levantado fueron comprados por la compañía chilena Cochamó. Para Cea fue la presión soterrada que ejerció esta compañía la que determinó la partida de los bandidos. La Cochamó había sido dueña de la tierra que después compraron los gringos pero un plebiscito en 1902 la había obligado a dejar sus terrenos. Ese año la Colonia Galesa del Chubut había elegido ser argentina y no chilena y detrás de este pronunciamiento llegó una ley que no permitía que extranjeros tuvieran territorios dentro de los 150 kilómetros inmediatos a la frontera, por lo que la empresa tuvo que irse. Finalmente en 1905, como hemos referido, Cassidy y sus compañeros vendieron su propiedad a la Cochamó –que pretendía recuperar sus antiguas tierras– pero el gobierno tomó conocimiento de la venta y la anuló.

Mientras las autoridades argentinas y la empresa chilena se peleaban por las tierras, los tres forajidos caminaban hacia la leyenda. Etta se separó de los hombres en algún punto del recorrido. Se cree que volvió a San Francisco y que desde ahí no pudo regresar porque se enfermó. Otro cuento dice que Sundance Kid la acompañó a Estados Unidos para después volver solo y un tercer rumor la lleva hasta México, donde habría vendido armas a los revolucionarios de Pancho Villa. De Sundance Kid se dice que estaría enterrado en el Lago Puelo a metros de la frontera chilena y también que en 1909 habría sido acribillado junto con Cassidy en San Vicente, Bolivia, luego de un atraco a una empresa minera. Pero para Raúl Cea la historia más creíble sobre el fin de Cassidy es la versión de la hermana del bandido, Lula Parker. Ella contó que Butch estuvo en la casa familiar de Utah en 1925 y que diez años después una pulmonía lo habría matado en Washington.

Hoy, aventureros e historiadores son los que pesquisan los vestigios de la leyenda. Ellos son los encargados de preguntarle al viento dónde fue que Butch Cassidy desenfundó por última vez sus pistolas.