Desde hace más de 25 años comparte generosamente sus conocimientos sobre el poder sanador de las plantas y la alimentación saludable. Nos debíamos esta charla personal con la doctora Sara Itkin.
¿Dónde naciste? ¿Cómo fueron tus inicios como médica y de qué manera llegaste a Bariloche?
Nací en María Grande, un pueblo de Entre Ríos donde las plantas y las huertas eran algo cotidiano. Como muchos habitantes de los pueblitos del interior tuve que emigrar para estudiar. Mi elección fue Rosario y ahí comencé a ejercer la medicina cuando me recibí. Luego me asenté en Las Lajas, Neuquén, y por tres años me convertí en parte de esa comunidad. Después tuve una vuelta a Rosario, donde trabajé en un centro de salud en la periferia de la ciudad, en el que casualmente comenzaban a hacer medicinas naturales. Ahí aprendí muchísimo con esa gente y fue muy fuerte sentir la manera en que las personas se dignificaban a través de lo que sabían de cada planta y las formas de cuidarlas. Años después volví a la Patagonia, esta vez a Villa Traful, donde me encontré con mujeres pertenecientes a poblaciones mapuche y campesinas que despertaron a través de las plantas y tenían una enorme sabiduría. Fue muy valioso he intenso ver la manera que empezaron a empoderarse y lograron ser visibilizadas en ese pueblo. Fue un acto revolucionario porque en ese tiempo todavía no se hablaba de empoderamiento, ni de sororidad ni de empatía, todas acciones que ellas pudieron ejercer hace más de 20 años, logrando salir de sus casas y de otros lugares tan patriarcales, logrando abrirse, mostrar su sabiduría y reafirmarse en esta sociedad.
Vino después la decisión de ser madre y un conflicto político con el gobierno de turno que hizo que me vaya de Traful. Renuncié al sistema de salud y me mudé con mi familia a Bariloche donde, con mucha fuerza, seguí este camino de naturismo que tanto disfruto en la actualidad.
¿Cómo te sentís cuando dicen que sos una médica yuyera?
Yo me denomino así. Este título me lo pusieron una vez que fui a dar una charla a la Universidad San Juan Bosco en Puerto Madryn. Los afiches convocando a ese evento decían que iba a hablar una médica yuyera. La verdad es que me reconforta y me hace sentir valorada y reconocida, porque decir que soy yuyera es reconocer a todas las mujeres que a lo largo de la historia fueron discriminadas, perseguidas y ninguneadas. Entonces de esta manera homenajeo a estas mujeres que hasta se las llamó brujas, y que seguramente eran personas hermosas con un corazón noble, comprometidas en ayudar a su comunidad y a los demás por amar las plantas y la vida. Definiéndome como yuyera reivindico y reconozco a todas esas mujeres en mí.
Una de esas personas que tuve la suerte de conocer fue Griselda Calfueque. Ella es una gran maestra de la vida, una de estas grandes yuyeras que conocí cuando llegué como médica a Villa Traful. En ese entonces ella era discriminada por su color de piel y porque sus vacas andaban libres, sin embargo guardaba un saber inmenso. En el espacio que generamos con las mujeres del lugar, en el cual compartíamos saberes, Griselda pasó a ser el motor más sabio, con un conocimiento que transmitió a todas y que a ella le llegó de boca en boca a través de las generaciones, un conocimiento que hace que en la actualidad siga siendo una gran maestra yuyera.
¿Qué importancia tienen las plantas en tiempos del COVID?
Las plantas siempre estuvieron y siempre sanaron. En este contexto tan particular el rol de las plantas es muy importante y está siendo valorizado. Creo que cambió un poco la mirada porque hay una necesidad mayor de la gente, una especie de magia, que envolvió a la sociedad y a todo el mundo, que hizo que se vuelva a valorar lo que la tierra nos da. Hay una necesidad urgente de contactarnos con la tierra, querer hacer la huerta, preparar nuestra propia comida y sanarnos con las plantas. Es un tiempo en el cual las plantas que siempre estuvieron cobran un valor maravilloso. La gente que descreyó de las plantas finalmente puede comprobar que sanan y que el capitalismo y el poder nos hicieron creer que no servían y nos vendían a cambio la pastillita mágica. En este momento en que no existe una vacuna para el COVID 19 una buena alimentación y un buen uso de las plantas que equilibran y levantan nuestras defensas es una excelente ayuda, incluso para pasar mejor la situación en caso que nos toque contagiarnos.
El rol de las plantas en estos tiempos es fundamental como lo fue siempre, lo que cambió es la mirada de la gente sobre el uso de esas plantas, ya que comenzó a valorarlas, a querer cuidarlas, y eso habla de un nuevo tiempo, un nuevo orden en el mundo. Podría decir, desde la mirada simple y concreta, que muchas personas se dieron cuenta que comiendo un ajo levantan las defensas o que bebiendo jarabe de sauco van a tener una acción similar en su cuerpo sin los efectos colaterales que tiene la medicina convencional.
Creo que en este contexto de pandemia mucha gente comenzó de alguna manera a autogestionar su salud, al no existir aún la vacuna contra este virus comprendieron que necesitaban buscar algo para elevar su sistema inmunológico y se dieron cuenta que afuera de sus casas tenían un montón de plantas y alimentos para estar mejor. Tomaron conciencia que las plantas sanan.
Las plantas en la actualidad están todas estudiadas y se sabe cómo actúan, entonces hay mucha información al respecto. También es verdad que al sistema convencional no le conviene ceder ese poder, de las plantas y los alimentos sanos, a las personas. Definitivamente no le conviene que ese conocimiento y poder estén en manos de la gente.
¿Tenés plantas preferidas? ¿Cuáles recomendás para estos tiempos de encierro?
Uno de mis yuyos preferidos es la paramela. Con esta planta se realiza preparados para embarazarse. Griselda siempre me decía: “quien necesite embarazarse, debe acercarse a la paramela; quien no lo quiera, debe alejarse” y son muchas las mujeres que conozco que lograron su propósito, mientras que la medicina tradicional nos hace creer que sólo puede ocurrir, en el mejor de los casos, con tratamientos de fertilización asistida.
En estos tiempos de encierro creo que hay que levantar el ánimo, ya que hay mucha gente que se angustia, se entristece por la situación general, por el aislamiento y por tener seres queridos lejos y no tener la posibilidad de los abrazos, los encuentros, tornando la situación muy difícil. Entonces siempre hay plantitas a las cuales acudir, y una de las que más recomiendo en estos tiempos es la melisa o toronjil. Siempre recuerdo la canción “La jardinera” de Violeta Parra donde entona “cogollos de toronjil / cuando me aumenten las penas / las flores de mi jardín / han de ser mis enfermeras”. Ella era una conocedora popular de plantas medicinales y es tal cual, porque los cogollos de esas plantas ayudan al corazón y nos dan alegría, algo que nos está faltando.
También lo que recomiendo es buscar aromas que nos reconforten y que van a actuar a través de nuestro sistema nervioso generándonos bienestar. Por ejemplo el oler algún cítrico, como la cáscara de una mandarina o naranja, se asocia con la alegría. Al poder sanador de los aromas hoy se lo conoce como aromaterapia, aunque esto también me lo enseñaron abuelas que me decían, por ejemplo, que quemaban cascaras de naranja en su cocinas a leña, porque ese aroma les traía bienestar. Por eso más que nunca debemos volver a esos recursos simples, a revalorizar esos saberes ancestrales y populares que nos ayudaron a sanar desde siempre.
¿Qué cuestiones han cambiado en la conciencia de la gente en relación al poder sanador de las plantas?
Cada día más personas buscan sanarse con las plantas. Creo que esto tiene que ver con el descreimiento en un sistema médico que propone vivir consumiendo pastillas. Y mucha gente no quiere curar una emoción negativa o de tristeza con una pastilla, porque entendió que va a tener que convivir con esa pastilla toda la vida y no va a sanar esa emoción. Y posiblemente si revisa su alimentación y comienza a tomar infusiones de plantas como la melisa si logre sanar esa emoción. Entonces se produce algo que resulta contagioso, porque cuando una persona se sana de forma natural definitivamente contagia al resto.
Otra cuestión es la necesidad de la autogestión. Hoy se ve a muchas personas jóvenes que revisan las etiquetas de lo que consumen o quieren elaborar sus propios preparados cosméticos, porque hay una conciencia en cuanto a disminuir la basura, entonces lo hacen ellos mismos para después no tener que tirar los plásticos de cada envase.
Esta nueva conciencia ambiental autogestiva que se está adquiriendo tiene otra mirada sobre la vida, es en algún punto como un volver hacia atrás en el tiempo. Por ejemplo son muchas las personas que en la actualidad vuelven a hacer la masa madre, fermentos u otros elaborados que se hacían desde siempre. Hay una vuelta atrás, un retorno a la simpleza de la vida que también es la simpleza de sanar con plantas. Cada día más personas adquieren más conocimientos en este sentido y esto incrementa la deserción de una medicina que no nos lleva a la salud sino que nos mantiene enfermos o crónicamente medicados.
En definitiva lo importante es vibrar el mensaje de la tierra. La ñuke mapu, la madre tierra, la naturaleza o como la queramos denominar, nos está llamando y nuestra respuesta tiene que ser amorosa. Tenemos que poder cambiar esta mirada humana destructiva y utilitaria que no nos llevó a nada, o mejor dicho a grandes desequilibrios individuales y colectivos. Debemos amar la tierra, para ayudar a estar mejor, y vibrar como partes integrantes de ella y no como sus dueños.
¿Por qué hay que dejar de ser pacientes para ser “hacientes”?
Un paciente es una persona que espera pacientemente que otra persona, en este caso el profesional médico, le genere un cambio en su salud. Creo que cada persona debe ser hacedora de su salud comprometiéndose a sanar, cultivando sus propios alimentos, consumiendo productos agroecológicos de la región, utilizando tinturas de plantas y preparados herbarios para ayudar a sanar, en definitiva gestionando su propia salud. Y esto habitualmente no es algo individual, porque las personas hacientes de su salud lo hacen siempre en forma comunitaria y de red: se van ayudando, acompañando y cuando una persona se cura ayuda a sanar a otra, así la salud queda en manos de la comunidad y no de la corporación médica.
Por eso creo que es muy importante plantar semillas libres, cultivadas con amor para que la salud humana y de la naturaleza se incremente. Insisto que la vida no debe patentarse y que debemos seguir defendiendo las semillas libres. También que deben seguir difundiéndose los saberes de boca en boca, mucho más que en papeles escritos, porque lo que he llegado a ver es que un montón de estudios realizados en base a las plantas se guardan en cajones de escritorios y después lo utilizan las multinacionales para beneficio propio. Creo que es necesario que nos sigamos encontrando las personas a través de los saberes, haciendo encuentros yuyeros y de huerteros, para que los saberes sigan difundiéndose y de esta manera la comunidad se apropie de ellos.
¿Qué tipo de vínculos tenés con tus colegas alópatas?
El vínculo es diverso, hay un montón de colegas con los cuales acordamos acompañar a las personas en la salud, con respeto, sumando las diferentes miradas. Siento que cada día más los trabajadores de la salud se están volcando a una medicina natural. Obviamente son generalmente personas jóvenes, que están en una nueva búsqueda, lo que marca que se viene un nuevo paradigma en salud. De hecho en Bariloche hace años vengo acompañando a la gente del hospital zonal en diferentes centros de salud donde se ha incorporado el reconocer las plantas, estimular el cultivo de jardines saludales y que cada centro de salud haga sus preparados.
Siempre digo que quien quiera recomendar plantas primero las tiene que usar y reconocer, ya que no es lo mismo recetar una aspirina que recomendar un té de sauce por ejemplo. Cuando en lo personal recomiendo es porque lo probé previamente. Es sabido que muchos de los medicamentos comerciales se producían a base de yuyos, pero ya no es así, porque se crearon principios sintéticos copiando los de las plantas. Así nació, por ejemplo, el ácido acetílico sintético, comúnmente conocido como aspirina, cuando en realidad ese componente estuvo y está en el sauce y en otras plantas. Lo investigaron, hicieron la copia sintética, lo estabilizaron y allí surgió la famosa aspirina, el medicamento de venta libre más vendido en el mundo.
¿Cómo funciona el curso plantas para la salud? ¿Qué otros trabajos estás germinando en la actualidad?
Con las personas inscriptas al curso de otoño el trabajo pasó a ser on line, ya que el curso estaba programado antes de la cuarentena obligatoria. Fue mi primera experiencia virtual y la mayoría de las y los participantes expresó que este espacio ayudó a pasar más rápido este tiempo y sirvió para poder conectarse con las plantas. Mi propuesta fue que el día del curso nos encontrásemos cada quien en su jardín y desde ahí hiciéramos contacto on line e intercambiáramos material y conocimientos. La verdad que la experiencia fue hermosa.
Por otro lado en este tiempo mi trabajo se tornó más intenso, porque estoy escribiendo y dándole forma a dos libros que hace tiempo estaban parados y que esta cuarentena me dio la posibilidad de reflotarlos. Uno es sobre crianzas, con textos que estoy escribiendo desde hace mucho y el otro es el rearmando de mi clásico libro “Plantas de la Patagonia para la Salud”. También estoy poniendo en línea una página web que funciona como una plataforma para cursos virtuales, destinados a profesionales y al público en general. La mayoría de los interesados y las interesadas son muy jóvenes con mucha energía, conocimiento e información con quienes, después de tantos años de trabajo, tengo la posibilidad de socializar mi experiencia y mis saberes sobre las plantas y la alimentación saludable.
Si tuvieras que dar algún concejo para transitar hacia lo saludable ¿cuál sería?
La primera cuestión que marcaría es la importancia de volver a tomar sol. Creo que por la mala propaganda que se le hizo la gente dejó de tomarlo y se llenó de protectores solares, que a la larga traen trastornos hormonales. En la patagonia tenemos pocos días soleados y es necesario producir vitamina D. En lo personal me niego rotundamente a que las personas tomen una pastilla para incorporar esa vitamina cuando la produce la misma energía solar. Hay que volver a contactarse con la ñuke mapu, tomar sol, poner los pies descalzos un rato en la tierra, sentir esa energía y revisar nuestra alimentación. Es que la forma de alimentarnos nos trajo a este tiempo de monocultivo, de excesos de agrotóxicos y de contaminación del medio ambiente.
También hay que reducir el consumo de determinados mal llamados alimentos, como los lácteos y el trigo en exceso, ya que somos un país donde se consume mucho de estos ingredientes en la mayoría de la comidas y en la actualidad el trigo refinado y la cantidad de aditivos que tienen las harinas en general no son buenas para la salud. Creo que hay que comer más sencillo. Por suerte vivimos en un lugar privilegiado que ofrece un montón de alimentos en forma natural y hay que darles el valor que se merecen, porque en definitiva la soberanía alimentaria es el poder que tiene cada pueblo y cada región de generar los alimentos que necesitan y no que se los impongan desde una mirada globalizadora.
Contacto: www.saraitkin.com.ar










Dejar un comentario