Alicia Tealdi, obrera de las tablas

Conmocionados aún por la partida repentina de nuestra querida y admirada Ali Tealdi compartimos con ustedes la entrevista que le hicimos en el año 2012, publicada en el número 17 de Revista Todo.

Alicia, sos hija de actor. ¿Crees que eso marcó tu carrera profesional?

Sin dudas. Desde que nací el teatro estaba dentro de mi casa. Mi mundo de infancia estaba en los camarines. Acompañaba al viejo a los ensayos y mientras él ensayaba yo recorría los vestuarios. Todo ese mundo misterioso que tiene el teatro. Íbamos siempre a ver obras. Tiempo después, mientras cursaba el secundario, me dieron ganas de estudiar y mi viejo atinadamente me mandó a una escuela municipal de arte que aún existe: el Instituto Vocacional de Arte, donde desarrollé varias disciplinas y encontré un grupo increíble de gente, muchos de los cuales aún siguen creando. Ese lugar era como una isla en plena dictadura. Ahí me di cuenta que lo que más me gustaba era bailar. Me generaba mucho entusiasmo el cuerpo en movimiento. En cambio el teatro me resultaba una tortura. Mi primer profesor fue Ariel Bufano, el maestro titiritero que fundó el grupo de titiriteros del Teatro San Martín.

Vivía en Capital Federal y cuando terminé el secundario en el ‘78 decidí estudiar expresión corporal, y después me metí en las clases de Patricia Stokoe, mi maestra en todo sentido y la creadora de la expresión corporal en el país. Estuve prácticamente 5 ó 6 años viviendo en su estudio donde formaba parte del grupo de danzas Aluminé. Al mismo tiempo me formaba en el profesorado y una vez que me recibí pasé a integrar su equipo docente. En el medio fui a Europa por más de un año.

Recién en el ‘86 comencé a relacionarme con gente que tenía más que ver con el teatro. Estaba reiniciándose la democracia y había una movida muy grande en la calle. Entonces empecé a vincularme con un grupo de gente que venía de la escuela Municipal de Arte Dramático -de la carrera de dirección- y con otro grupo que quería hacer teatro callejero. Con ellos armamos la Agrupasión Humorística la Tristeza que para mí fue un shock. Contábamos la historia del país pero a través de la historia del carnaval. Éramos una murga que venía del palo del teatro antropológico pero más reo y muy político. En la obra hablábamos del país y su gobierno desde la campaña del desierto hasta la actualidad. Era muy fuerte. Tocábamos, bailábamos y todo eso estaba ligado con lo que siempre me gustó. Además del espectáculo en sí dábamos muchos talleres de murga, algo que durante la dictadura estuvo muerto. No había ni siquiera feriados de carnaval. Teníamos 25 años y dejábamos ahí el día y la vida.

¿Cómo es entonces que te viniste para Bariloche?

Me empezó a pesar la ciudad y entendí que no daba para más. Mi pareja de ese momento amaba el sur y justo nos propusieron venir a dar un taller de murga a El Bolsón. Así fue que vinimos y con ese taller en el ’92 ayudamos a la creación de la Murga Guacha. Ellos todavía dicen que somos sus parteros. Ahí conocimos a Kike Mayer que estaba dando un taller de máscaras y que nos invito a generar diferentes movidas en la calle, donde conocimos un montón de gente que estaba haciendo cosas y entonces sentí que eso unía todo lo que yo quería. ¡Encima era verano! Era ideal. Así que un mes después nos vinimos a instalar a Bariloche. El primer trabajo que tuve fue atendiendo la calesita que funcionaba dentro del puerto San Carlos. Con el tiempo fui armando diversos talleres de expresión corporal, que es mi formación más fuerte, a pesar de haber hecho mucho teatro. Al año siguiente entré a trabajar en la Escuela Municipal de Arte La Llave donde estuve casi 5 años y donde empecé a vincularme con gente que hacía teatro y generaba cosas.

De 1992 al 2012 pasaron 20 años. ¿En qué evolucionó la actividad teatral en la región?

Creo que el teatro no va a morir nunca pero este no es un momento de esplendor. A nivel general, como disciplina artística, está en una etapa de achicamiento. Sin embargo en la región la actividad creció, fundamentalmente, porque hay muchos más habitantes. Además hubo dos factores importantes: la creación del Instituto Nacional de Teatro que armó giras y promovió otras cuestiones que resultaron una inyección importantísima y la creación de la Asociación Rionegrina de Teatro, donde discutimos lo que hacemos y tratamos de generar una movida importante. El otro factor a nivel local fue la creación de la Licenciatura en Teatro de la Universidad de Río Negro. Ahora hay muchos chicos que están terminando la carrera y tienen un montón de inquietudes. Antes no había mucha sangre nueva. Eso está buenísimo porque hay muchos jóvenes haciendo y hablando de teatro, buscando nuevos lenguajes y nuevas formas.

¿Crees que la mirada y las búsquedas que tenías cuando estudiabas son las mismas que tienen en la actualidad los que comienzan la carrera?

Sinceramente no lo sé. A veces me asombra el hecho de que elijan el teatro. Los chicos de ahora no vieron casi nada de teatro pero quieren estudiarlo igual. Quizás porque es la única alternativa universitaria a nivel artístico para aquel que tiene una inquietud y quiere algo con el arte. Porque es muy loco: no vieron teatro en su vida y se meten en una licenciatura de cinco años. Debe ser el instinto de supervivencia del teatro que excede a las personas.

El teatro tiene que ver con la capacidad de representar la realidad. Haces lo que querés que suceda. En la antigüedad durante los rituales hacían eso. Querían que llueva y hacían la danza de la lluvia por ejemplo. Es una herramienta que permite transformar la realidad en función de lo que se desea. A pesar de estar en un momento del país complicado cuando empecé a estudiar no tenía muy en claro los objetivos sociales. Porque si tenés una inquietud social no te metés en el arte. Hacés otra carrera o te pones a militar en un partido. Mi viejo cuando le dije lo que quería estudiar lo primero que dijo fue “jodete”. Te estoy hablando de 35 años atrás. Pero a mis 15 años estudiar teatro era una necesidad. Necesitaba sacar eso y me gustaba moverme y bailar. En ese punto creo que con los jóvenes de hoy coincidimos. Después de que uno empieza aparecen un montón de otras cuestiones, pero el arte tiene relación con el goce y hay algo que en un primer momento lo hacés desde el placer personal que provoca mostrarse.

Decís que a nivel general el teatro no está en un momento de esplendor pero en Capital Federal rompen record la cantidad de obras. ¿Porqué pensás que casi todos los espectáculos que se traen al interior son de teatro comercial?

En toda la avenida Corrientes hay teatro comercial. Y teatro comercial para mí significa ir a ver al artista que aparece en la tele pero en vivo. Es esa continuidad de la televisión y las salas se llenan. Pero no van a consumir un espectáculo sino a ver algo que ya les han vendido. Para traer espectáculos independientes habría que analizar primero a qué público orientarlo. De hecho el teatro de Bariloche quiso traer un par de espectáculos independientes de calidad y tuvo que cancelar las funciones porque no hubo venta de entradas suficientes. Sin embargo el tema de falta de público en el teatro es algo mundial y latente. Actualmente en España o México tienen ese problema y trabajan el concepto de formación de espectadores. Hay mesas, jornadas y eventos que tratan sobre la crisis de espectadores en las salas y la falta de público que ahora se está trasmitiendo al cine. La gente se queda cada vez más en su casa, enchufada a todos los aparatos que la conectan al exterior, hiperconectados y a la vez sin estar presentes en ningún lado. Justamente el teatro lo que tiene de particular es eso: el encuentro vivo entre el espectador y el actor. Esa es su esencia. El Instituto Nacional del Teatro asigna muchos recursos para que los chicos vayan al teatro. Porque la mayoría de los pibes terminan el secundario y nunca fueron a ver una obra. Resulta imposible contar con esa persona como espectador, salvo que vaya a ver a alguna novia.

¿Se te ocurre alguna otra política que deba fortalecer el Estado para que exista mayor acceso al arte en general?

Creo que hay que generar espacios reales y concretos. En todos los barrios tendrían que existir y estar cubiertos los espacios donde juntarse a tocar, bailar, actuar y eso no sucede. Debería haber muchos espacios públicos, centros culturales con profesores como en La Llave, porque con un sólo espacio ya no nos alcanza. La Escuela de Arte La Llave tiene una función importante en los barrios, pero tendría que haber 4 ó 5 para cubrir la necesidad que existe. Hay que generar espacios para que la gente se junte a hacer cosas. Si bien ahora circulan otros discursos todavía no se ven demasiados cambios. Lo artístico sigue siendo pensado para la elite, no para todo el mundo. Hay un criterio elitista establecido respecto del arte que sostiene que los artistas son pocos y el don es para los elegidos. Y creo que esta concepción no sólo la tiene el Estado sino que todos la sostenemos de alguna manera.

Tu formación inicial fue la danza y la expresión corporal y después te fuiste inclinando hacia lo teatral. ¿Cómo definirías tu modo de hacer teatro?

Como bailarina soy muy actriz y como actriz muy bailarina. Siempre estuve en esa tensión. Después viví ciclos: laburé en la calle a nivel bien popular e hice cosas más sofisticadas, herméticas o intelectuales. Ahora estoy tratando de encontrar una síntesis. Lo que quiero es que lo que hago llegue y sobre todo que emocione. Poder generar una corriente emocional, algo bien difícil si uno no quiere recurrir al golpe bajo. De hecho en Bolitas Negras, la última obra de la que participo, hago de madre de un niño desaparecido. Es un papel fuerte donde juego en el borde para no caer en el melodrama, para lo cual incluso hasta le pongo humor a esa situación. Son desafíos.

¿Seguís estudiando? ¿Crees que el actor debe entrenar diaria y eternamente?

Es muy cierto. Hay que seguir estudiando, como un músico, un escritor o un pintor. En general esto no siempre se aplica y el actor se acomoda a algo que le resulta fácil y cómodo. Sin embargo hay gente que se entrena permanentemente. Es necesario. Personalmente en este momento no estoy tomando clases de teatro, pero estoy haciendo una formación más teórica, una especialización en docencia y producción teatral que me sirve, porque como no tuve una formación muy académica esta capacitación me aporta desde el punto de vista teórico, leo mucho material que me hace reflexionar sobre el tema del hacer teatro desde otro lugar. Además me entreno mucho en lo corporal porque es una necesidad. Bailo, camino y hago yoga. Es vital para mí. También entreno con las obras. Siempre estoy ensayando algo y aunque después suceda o no me va entrenando. Me gustaría disponer de más tiempo para hacer otras cosas pero el yugo no me permite mucho más.

Sos actriz, directora, docente, hacés teatro, expresión corporal, gestión e investigación teatral. ¿Desde qué lugar sentís que estas más comprometida actualmente con el quehacer teatral local?

Creo que desde la producción de eventos, haciendo gestión de recursos y generando política cultural. Sin embargo lo que más me gusta es la docencia, sobre todo a nivel universitario o con gente que está comprometida con la carrera. Me gustan los vínculos con los alumnos. Hacer ese intercambio resulta muy enriquecedor. Por otra parte como directora no la paso muy bien porque soy insegura, dudo y sufro. Lo hago más que nada porque me convocan o porque hay pocos directores. Cuando estás dirigiendo no hay nadie atrás tuyo y eso me genera mucha responsabilidad, miedo y angustia. Me pone en un lugar de mucha exigencia. Cada estreno es un horror. Tampoco es que he dirigido tantísimo. En cambio cuando actúo, al haber un director confío en él, me relajo y hago lo mejor que puedo: estar ahí arriba traspirando la camiseta.

¿Considerás como un objetivo lograr un espectáculo verosímil donde el espectador se identifique con la ficción?

Si no hay acuerdo la verosimilitud no existe en teatro. Tiene que ser creíble por cualquiera de los lados que lo quieras encarar. Este es el punto que ahora se debate. Lo creíble ya no es lo representacional. Toda la nueva tendencia dice que eso ya fue. Que es mentira. Lo que proponen en cambio es una presencia del actor resolviendo situaciones del momento. Es interesante lo que así aparece. Sin embargo creo que con esa metodología se limita lo que puede dar cada actor. Lo que siempre me fascinó es el poder de transformación y para poder transformar hay que estar entrenado. No hay otra. Porque se compone con el instrumento: el cuerpo, la voz y la observación. De otra forma no hay composición. Hay una especie de estar, seductor y atractivo como en un reality, donde ves a la persona en su cotidiana. Es interesante ver lo que allí pasa y como se genera una curiosidad, pero a mí me interesan mucho más las historias, que me cuenten un buen cuento y ver como los arquetipos resuenan en mí.

¿Qué balance haces de la Primavera teatral que acaba de concluir?

Estuvo muy buena. A nivel respuesta del público hubo un promedio de 60 espectadores por función, lo cual está muy bien tratándose de teatro independiente. Fueron alrededor de 22 funciones. El público estaba muy contento. A medida que pasaron los días se incrementó la cantidad de espectadores y sucedió que mucha gente se acercó sin saber que obra iba a ver, algo que me gusta mucho que suceda. Hubo varias funciones a sala llena. Estamos muy contentos y la idea es continuar. A nivel organizativo estuvo muy bien también. Los grupos de afuera se fueron muy contentos porque pudieron hacer sus trabajos relajados, algo que es importante. Organizamos un sistema donde un grupo asistía al otro en lo que necesitaba para que existiera interacción y creo que funcionó. Además se notó un fuerte apoyo de chicos de la universidad empujando el evento.

Sos un referente teatral de la ciudad. ¿Eso te genera algo?

La verdad que no. Quizás a nivel grupal genera que con los más grandes nos juntemos un montón, sobre todo con Adrián Beato, con Julio Benítez y Maxi Altieri. Algunos encuentros son prácticos y en otros entramos en zonas más filosóficas. Esas juntadas están buenísimas. A nivel personal creo que hay algo que es inherente a una ética que me pasó mi viejo, Héctor Tealdi. Él tenía una conducta intachable, hizo mucha política y trabajo gremial en la Asociación Argentina de Actores. En su momento fue secretario de Cultura en Rosario. Tenía una ideología muy fuerte que determinaba su elección de cada obra y del elenco de compañeros. Él decía que no a muchas cosas y se cagaba de hambre mal. Pero tenía una línea de conducta clara y eso me lo transmitió. El lugar que cada uno ocupa tiene que ver con eso. No me creo una revolucionaria, no va por ese lado, pero reivindico la constancia y el sostener ciertos valores.

El autor de la entrevista agradece la colaboración de Ivana Carapezza