El dolor es una sensación que nadie elige. Si su origen es físico puede estar siendo generado por una lesión externa o por una causa interior. Mientras que la tristeza y la congoja son dolores del alma.
Hay dolores que aparecen de repente y son limitados en el tiempo, son los llamados agudos, y hay otros con los que convivimos por largo tiempo y son los crónicos. También hay dolores crónicos que se reagudizan. Desde siempre el hombre ha buscado calmar el dolor con ayuda de las plantas.
En nuestra patagonia cordillerana florecen desde la primavera hasta el otoño las amapolas. Las hay de varios colores y tamaños, silvestres y de cultivo. Las amapolas de pétalos rojos abundan en lugares soleados y algo secos, su nombre botánico es Papaver rhoeas. Se caracteriza por ser una planta herbácea anual que mide entre 30 y 60 cm, es originaria de Eurasia y norte de África. Esta amapola convive con otras especies de amapola muy parecidas, todas ellas pertenecientes a la familia Papaverácea como la adormidera –Papaver somniferum– planta originaria del sur y oriente de Asia de tallo alargado que llega a medir 1,5 metros aproximados de altura, con hojas verde claro brillante y flores grandes de color liláceo, blanco o púrpura; el amapolón o amapola oriental –Papaver orientalis– nativa de la región del Cáucaso, del noreste de Turquía y norte de Irán, de comportamiento vivaz, hojas verdes vellosas y dentadas y flores grandes muy llamativas de color anaranjado brillante y con manchas en la base de los pétalos de un color violáceo berenjena casi negro; y también la amapola de California –Eschscholzia californica– conocida también como copita de oro o dedal de oro, oriunda de América del Norte, típica de California, de pequeño tamaño y flores vistosas amarillo-anaranjadas de cuatro pétalos.
Existe una gran confusión y temor sobre el uso de las amapolas ya que de la adormidera se extrae un jugo lechoso llamado “opio” –del griego opos que significa “jugo”– que ha sido usado desde tiempos remotos como analgésico. Teofrasto, personaje importante en la historia de la botánica, fue el primero en estudiarla, en sus tratados escribió el primer informe acerca del uso del opio como calmante; también Dioscórides –médico, farmacólogo y botánico de la antigua Grecia– describió a la adormidera como “excelente remedio para quitar totalmente el dolor”. Del opio se logró extraer en 1806 la morfina –nombre puesto en honor a Morfeo, dios griego del sueño– y con los años se aisló la codeína, la papaverina y otros componentes, a partir de los cuales a su vez, se crearon drogas semisintéticas como la heroína. Desde entonces se fueron documentando sus efectos psicotrópicos, de adicción y dependencia. Actualmente en Argentina el uso de la morfina y sus derivados debe ser bajo la prescripción y vigilancia médica.
Debe quedarnos claro que podemos aliviar dolores agudos y crónicos, conciliar el sueño, disminuir la irritabilidad y las toses con las amapolas mencionadas menos con la adormidera, ya que ellas –la amapola roja, la amapola oriental y la amapola de California– no presentan morfina. Para ello usaremos sus pétalos en infusión, jarabe o tintura madre. Como son ricos en mucílagos y antocianos sus pétalos también sirven para lavar, suavizar y tonificar la piel realizando una infusión con ellos. Sus semillas, son fuente de ácidos grasos esenciales, proteínas de buena calidad e importante cantidad de calcio.
El hipéricum –Hypericum perforatum– nos aliviará dolores físicos y aliviará las penas. Es una hierba oriunda de Europa que crece silvestre en la patagonia andina y se adapta fácilmente en los jardines. Llega a medir 1 metro de altura, presenta tallos rojizos cilíndricos y en sus extremos crecen las flores de color amarillo intenso de 5 pétalos cada una. Podemos reproducirla por semillas en otoño y es de rápido crecimiento, o bien por rizomas en otoño o primavera. Se desarrolla mejor a pleno sol, aunque también se adapta a media sombra. No requiere demasiados cuidados. Florece a comienzos del verano. Se utilizan con preferencia sus flores. Con sus flores frescas podemos elaborar un aceite herbario excelente para contracturas y dolores articulares. Para ello se colocan los capítulos florales en un frasco de vidrio de boca ancha y se cubren totalmente con aceite de girasol, sobrepasando 2 dedos al contenido floral. Se tapa bien, se lleva un par de semanas al sol y los días nublados se deja cerca de una fuente de calor. Cuando el aceite toma un color rojo intenso, es el tiempo de colarlo y envasarlo en botellas de vidrio oscuro. Bebiendo la infusión de sus flores, frescas o secas, nos reconforta en los estados de tristeza, angustia, depresión e insomnio. El hipéricum presenta una gran ventaja con respecto a los antidepresivos de síntesis o también llamados medicamentos sintéticos: no provoca acostumbramiento, adicción ni embotamiento matinal.
Si no tenemos amapolas ni hipéricum en el jardín, ni en cercanías de nuestra casa para calmar un dolor agudo, como puede ser el dolor dentario, nada mejor que tener a mano unos clavos de olor. Los clavos son los botones florales –que se recolectan sin abrir y se ponen a secar– de un árbol de gran porte cuyo nombre botánico es Syzygium aromaticum. Es originario del sudeste asiático, de la “Isla de las especias” –islas Moluscas– en Indonesia. Los clavos de olor son ricos en aceites esenciales –eugenol y cariofileno– y también en taninos y mucílagos, se destacan sus acciones analgésicas y antisépticas bucales, para lo cual se coloca un clavito en la zona del dolor o un algodón embebido en su aceite esencial.
Las plantas, fieles sanadoras.

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