Temas ornitológicos es el primero de los relatos de A ciencia Incierta libro de cuentos –publicado por Interzona Editora– con el que Luis Catenazzi obtuvo el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en el año 2011.
Se puede decir que soy artista de profesión y escritor de temas ornitológicos por fuerza del entorno. No es que viva en los tupidos parajes del monte misionero, sino más bien todo lo contrario. Decididos a asentarnos en la Patagonia, mi mujer y yo elegimos volver de las grandes capitales a las tierras de nuestra infancia en Bariloche. Lejos de habitar la plácida postal andina de la “Suiza argentina” terminamos compartiendo una división de la casa de mi suegra en los suburbios.
A poco de mudarnos, tuve la oportunidad de aplicar a una convocatoria literaria de la Academia Española de Ornitología. Debía mandar un trabajo para su consideración y sin mayores convicciones recurrí al fraserío suelto para cometer una columna de cien palabras: “El cóndor, mago de las ascendentes”.
El editor prefirió cambiar el título a “El cóndor, mago del aire” y sugirió moderar mis referencias aeronáuticas a Saint Exupèry. Sin embargo, se mostró tan encantado que me comprometió a escribir una columna mensual en su publicación insignia.
Acepté de inmediato, el cambio en euros me favorecía, cubriría todos nuestros gastos. Llegué a temer que mi columna fuera para siempre acerca de cóndores. Me imaginé reformulando hasta el hartazgo párrafos y títulos: El cóndor… “espíritu de Guillaumet”, “rey en las alturas”, “piloto de tormentas”, “saeta de los Andes”, “oscuro buitre del éter”.
La mecánica resultó muy distinta: me enviaban una foto por correo electrónico y yo debía apoyarla con un texto breve ad hoc. Malas fotos de pájaros patagónicos; aburridas de simetría: nunca una composición de cuadro, ni una ramita o una flor fuera de foco, mucho menos un cielo por volar. Tal era mi materia inspiradora.
En mi favor debo aclarar que me resistí a esta temática inexorable. Por cada columna entregada creaba yo en paralelo un texto más a tono con mis intereses y mi estilo propio. Así fueron rechazados uno tras otro mis intentos de caranchos judicializados, gorriones en el exilio político, picaflores espectrales, loritos héroes en un rescate de alta montaña.
Resignado, me enfrasqué en una producción warholiana. Y en poco tiempo armé cuatro modelos básicos que podían adaptarse sin riesgos a cualquier foto.
Respecto al tono, me asistían algunas enciclopedias ilustradas y almibaradas del año cincuenta: descripciones grandilocuentes de pajaritos de veinticinco gramos, justo lo que yo necesitaba para urdir una semblanza. Porque eran eso, semblanzas, cuasi personificaciones, sensibleras, inocentes.
Pero habría de redimirme.
Una plomiza tarde a principios de invierno, cuando ajustaba los párrafos finales de mi semblanza de un cauquén pescando truchas a orillas de la misteriosa isla Huemul, una metralla urgente de golpes –el tradicional estilo de mi suegra– resonó en la chapa de mi puerta.
–Se me metieron palomas en el tendedero –dijo, justificando la emergencia, agitada aún por haber subido la escalera hasta mi casa.
–¿Qué clase de palomas, Normita? –dije a desgano, por ganar tiempo o por mera deformación profesional.
–Palomas. Punto –bufó–. ¿Cómo que qué clase de palomas? Las de color gris percudido, rechonchas, que hacen un ronroneo burbujeante y que en cualquier momento sueltan sus heces en mis sábanas bordadas.
(No lo dijo con esas palabras, en realidad dijo –puntos suspensivos– “me cagan las sábanas”, pero al momento de transcribir la situación no puedo poner esas palabras en boca de mi suegra)
–¿Y cómo se metieron en el tendedero?
–Supongo que volando –dijo, abriendo las manos con impaciencia–. Volando como palomas. Se metieron desde el alero de arriba, ahí donde viven. Como está por nevar se conoce que han entrado a buscar refugio.
–¿Y no se quieren ir?
Norma me miró.
–¿Cómo se van a querer ir? –dijo–. Si se quisieran ir ya se hubiesen ido solitas, por su cuenta. Por su mirada es difícil adivinarles la intención, ¿no te parece? Más impertérrita que la mirada de una paloma acaso sea la de una vaca mirando al Sudeste. No soy de las que dilapidan su precioso tiempo viendo documentales en el Animal Planet, por si sucediera que un grupo de palomas sobrevolare las sábanas recién lavadas. Por eso –tomó aire–, por eso vengo a que bajes a espantarlas. Venís investigando pájaros desde hace más de un año, algún método habrás aprehendido aunque sea subliminalmente. ¿O me equivoco?
Canté bajito:
–Se equivocó la paloma, se equivocaba…
–¿Cómo?
–Nada, Normita, pasa que yo me he instruido, mal que bien, en especies autóctonas y las palomas me son del todo indiferentes. Son una plaga urbana, quizá conozcan más del tema los hermanos Pinoaga de “Mátelos bien muertos S.A.” que llamamos cuando lo de los topos tucu-tucu en el jardín.
Norma me respondió con un silencio y dándome la espalda. La ansiedad de mi suegra no sabe de excusas. Esas dóciles palomas no estaban en sus planes para esa tarde, de modo que no podían permanecer en el tendedero ni un minuto más.
Desandamos las escaleras hasta la parte baja de la casa. Ya desde el cerco, pude ver la silueta de las tres palomas reposando en el tendedero, equidistantes sobre las sábanas floreadas puestas a secar.
–Qué plato, van dejando huellas de patitas –dije, abrumado por el silencio previo a la nevada.
–Bien –dijo mi suegra y dio un aplauso sordo que no distrajo a las palomas–. Si algo necesitaba de vos es ese agudo poder de observación, esa profunda mirada del escritor, tu sensibilidad artística. Si quisiera escribir un haiku o un poema colombofílico, sin duda estaría satisfecha; pero tratándose de espantar a estos bichos de porquería, voy a necesitar algo de acción.
Obligado por las circunstancias, pasé la verja como quien salta sin retorno de la trinchera a tierra de nadie y me puse a tiro de las palomas. Tengo que confesar que, en un principio, la visión me sobrecogió. Acaso por algún extraño efecto de la luz en las nubes bajas, esas palomas me parecieron una multiplicación del cuervo de Poe, las trillizas “Nevermore”.
Un trueno y un relámpago.
Un trueno y un relámpago, digo, hubieran dado atmósfera y coherencia estética a la imagen arriba descripta, pero nada de eso ocurrió. La realidad es mucho más austera que la ficción.
Las palomas posaron su mirada perdida en mi propia mirada perdida.
Di dos pasos más, haciendo aspaviento con las manos.
–¡Fush, Fush! –grité.
–¿Fush, fush? –Normita a mis espaldas cuestionaba mis métodos–. El día que quiera asustar al gato de la vecina va a ser un gusto pedirte ayuda.
Mi suegra tenía razón, las palomas no se habían inmutado. Si su instinto les había mandado huir de la amenaza, no dieron señales externas de ello. Incluso ahora, una picoteaba el dibujo de las flores.
–Peor –siguió Norma, con una calma que anticipaba la tormenta–. Aquella paloma de morondanga se la agarró con mis crisantemos bordados en hilo perlé. Lo que faltaba.
–Si vamos a hablar con propiedad respecto a las florcitas de la sábana –dije con el dedo en alto–, será mejor aclarar que no se trata de una “paloma” a secas sino de una tri-po-lina: variedad de paloma doméstica (según la RAE) pequeña de cuerpo, con los pies calzados de plumas y la cabeza ceñida por penachos en forma de diadema.
La frágil calma de mi suegra terminó de esfumarse y, cruzando a su vez la verja, se me vino al humo verbalizando no sé qué cosas ahora irreproducibles –no por recato sino por desmemoria– con respecto a los deberes de un yerno, la cadena de favores, la solidaridad del argentino promedio, el don de gente. “Solucioname esto ya”, terminó diciendo, sin aliento, en un esfuerzo que bien podría haber aprovechado para desalojar ella misma a los plumíferos de marras.
Sin margen de maniobra, levanté del piso un puñado de piedritas y empecé a arrojarlas con cierto cuidado estratégico a la paloma del medio. Ni siquiera esos proyectiles rasantes inquietaron a las líneas enemigas. Las piedritas pasaban lejos, a izquierda y derecha del trío y, en algunos casos, las palomas seguían esas trayectorias de reojo, con un movimiento dislocado de sus reducidas cabezas huecas.
A pesar de mi cuidado, justo la piedra más sucia fue un tiro bajo y rodó su mugre por el límite vertical de las sábanas.
–Ya sé –dijo Norma que, distraída o resignada, pareció no ver mi último intento–. Ahora vengo.
No me atreví a retirarme en su ausencia, así que seguí cumpliendo mi labor de centinela. Incluso hice alarde de mi proactividad arrojando algunas piedras más. En un momento, hasta le di a una de las palomas laterales. Pero ni siquiera así logré que me prestaran mayor atención. Apenas se removieron esas tres bolas grises en el alambre del tendedero, marcaron nuevas patitas sucias en el borde de las sábanas.
Norma volvió de improviso y me dijo “tomá”. No comprendí enseguida que eso que me acababan de poner en las manos era un arma.
–¡Norma!
–¿Qué? Es un rifle de aire comprimido, no te preocupés.
–¿No sabés que las palomas las importó en 1880 el General Roca como material de guerra? –dije en una epifanía de datos olvidados–. Si llego a matar una, Normita, me aplicarían los incisos de la ley nacional 12.913.
–Le tiramos los cadáveres al gato de la vecina y acá no ha pasado nada.
–¡Norma!
–¡Por favor, no exageremos, yerno, es nomás para espantarlas!
De mala gana amartillé el rifle y me lo afirmé al hombro. Puse en la mira una de las flores bordadas para no correr el riesgo de asesinar un ave.
El disparo sonó como un escupitajo de coté. En el revoloteo general creí que verdaderamente le había dado a una de las palomas. Pero en simultáneo vi, o más bien sentí, que el balín metálico rebotaba en alguna parte y pasaba mágicamente sin mella entre mi suegra y yo.
El proyectil acabó su desenfreno de daños colaterales descascarando la punta del gorro frigio de un enano de jardín.
Las palomas levantaron un torbellino de aleteos con ruido neumático y ya no volvieron a posarse. La tripolina y la del otro costado pasaron finito sobre nuestras coronillas rumbo a la libertad; la del medio, con más ínfulas, se mantuvo en el aire sin intenciones de escapar.
Al final, se posó en el alféizar de la ventanita del baño, y juro que nos miró despectivamente por sobre lo que sería su hombro. Después, pegó dos o tres saltitos cortos y se metió en la casa por el ventiluz.
–Ah, bueno –bufó Norma nuevamente–. Una de cal y una de arena. Tenían que irse de las sábanas, pero no meterse en el baño. ¡Terminemos de una vez por todas! Vení.
Como antes me había arrastrado de mi cálida paz hogareña al exterior crudo a cero grados, ahora me guio del tendedero al baño de su casa.
La paloma había encontrado nuevo apoyo en el barral de la cortina de baño. Era evidente su preferencia por las flores, rosas rosa salmón en este caso. Así se lo comuniqué a Norma:
–Es evidente su preferencia por las rosas rosa salmón.
–Además, tiene buen gusto –dijo Norma con “tonito”, evitando mirarme–: gris percudido y rosa salmón combinan la mar de bien, sería una linda foto para tu famosa revista de…
–Es cierto –la interrumpí con una nueva ocurrencia en mente–. Ya vengo.
–¿Cómo que ya vengo?
–Voy a buscar la cámara.
–¡Es mi cortina de baño y en cualquier momento esta paloma suelta sus heces en mi bañera!
–Claro.
–¿Claro qué? ¡Espantá a este bicho del demonio!
–Preferiría no hacerlo.
Norma entera vibró de furia, sus manos se elevaron a la altura de un hipotético cuello mío y apretó el aire entre los puños. Creo que gruñó, y como parte del gruñido dijo:
–Ya van a ver tus torcazas tripolinas o lo que cuernos sean. Voy a buscar ayuda de verdad –Norma con un portazo se marchó del baño.
En realidad, no dio un portazo –un portazo hubiera espantado a la paloma–, pero toda la acción fue de portazo. En definitiva quedamos ahí la paloma y yo, cómplices en el silencio. En efecto, el color gris plaga componía un lindo cuadro sobre la cortina de baño floreada sin mácula.
Fui hasta la cocina, busqué una rodaja de pan lactal. Apreté la dúctil rodaja en uno de los extremos del barral para no espantar a la paloma. Mientras tuviera comida a mano no iba a escabullirse.
Subí a mi casa y bajé con la cámara. Por suerte, cuando volví al baño, la paloma todavía estaba allí. Comía de mi generoso pan lactal, pero volvió a su posición inicial en cuanto vio que la ponía en foco.
–¡Whisky! –dije y disparé.
Posó de frente, de perfil y de tres cuartos, toda una profesional. Incluso ensayó un breve aleteo fotogénico antes de volver al ventiluz y de allí al llamado de lo salvaje.
Con una historia por contar, no me quedé a esperar el regreso de mi suegra. Más tarde sabría que había ido a por el gato de la vecina. Dicho gato, al no dar con su presa prometida, terminó metiéndose en los fondos de un armario y se la pasó marcando su territorio en los zapatos. Pero los mamíferos que no salen del clóset no son de mi incumbencia.
Esa misma noche mandé a la Academia mi mejor foto de la serie ilustrando un resumen jocoso de lo que acabo de contar. “Palomas en un toilette, vísperas de la nevada” fue el punto de quiebre en mi obra. Adulada por el editor, me valió un nuevo espacio en la revista: nota central a dos páginas, foto color.
La repercusión en los correos de lectores fue un éxito. Todos me alentaron a continuar en esta línea ornitológico-surrealista. Personas que no saben nada de arte, que en cualquier cosa rara suponen un Dalí.
Tampoco faltó algún lector jactancioso, impermeable a homenajes y reescrituras, que me acusó de plagiar a un tal Héctor Munro. Mirá si un escritor escocés va a llamarse así. Me recomendaron ni contestarle.
Lástima que en casa sigan las tensiones familiares. En un intento por compensar de alguna manera a mi suegra, terminé regalándole unas sábanas de fino lino chino con unas rosas bordadas. Pero no hubo caso, creo que las donó al Ejército de Salvación. Si mi suegra dice que le gustan los crisantemos, le gustan los crisantemos. Punto.

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