Para que nuestras hijas e hijos desarrollen su flexibilidad cognitiva es fundamental que dispongan de tiempo para planificar y prever, tiempo para ir a su ritmo, que quizás sea más lento que el nuestro.
¿Te imaginás una vida sin apuro? Seguramente viviríamos diferente a como vivimos hoy. “Apurate que se acaba.” “Corré que llegamos tarde.” “¿Siempre vas a ser el último en enterarte?” Frases que usamos o que escuchamos, prisas explícitas en la calle, en nuestro celular, en la computadora, en la televisión, con nuestros amigos… Quizás no podamos hacer mucho con el apuro y la ansiedad en nuestra vida laboral e incluso social pero sería muy saludable que esta normalidad negativa no primara en nuestros hogares, que nuestras casas fueran territorios en donde permitirnos conectar con nosotros mismos, donde los apuros estuvieran prohibidos.
Es recomendable, desde el punto de vista educativo, que este asunto de la prisa y los apuros forme parte de la lista de temas que abordamos en familia, en este sentido poder formular entre todos algún lema al respecto puede ayudar a concientizarse mutuamente al respecto cotidianamente, algo así como “En esta casa no nos gustan las prisas y funcionamos mejor sin apuro. Nos organizamos para hacer las cosas a su tiempo y con calidad.”
Pero como sabemos nada mejor que dar el ejemplo en la práctica y para lograrlo es útil prever y revisar nuestros hábitos: levantarse un rato antes, organizar mejor el horario escolar y las actividades extraescolares, descansar más y mejor, repartir tareas y delegar para equilibrar el trabajo doméstico entre todos, establecer prioridades. Si nosotros controlamos la prisa y el estrés estaremos enseñándoles a nuestros hijos e hijas cómo hacerlo.
Por otro lado es importante tener presente que cuando les apuramos o les señalamos su lentitud calificándola de negativa es muy probable que les generemos bloqueos, sensación de incompetencia e inseguridad. Y a menudo es entonces cuando, incoherentemente, nos enojamos con ellos precisamente por bloquearse o ser lentos y dubitativos cuando hemos sido nosotros quienes les empujamos a esa situación. Al actuar de esta manera favorecemos en ellos el desarrollo de patrones de pensamiento y conducta que no se basan en la reflexión, en los detalles, en el análisis de las situaciones, por el contrario, los estamos obligando a actuar sin tiempo para pensar, deducir y crear libremente. Este tipo de patrones derivan en personalidades que buscan excusas y culpables, no responsabilidad y soluciones.
Facultades tan útiles como la capacidad de improvisar, la flexibilidad o el poder actuar instintivamente no pueden desarrollarse con el apremio del apuro. Nuestros hijos pueden estar capacitados para actuar ante los imprevistos sin necesidad de aprender rápido. De hecho, para que logren flexibilidad cognitiva es fundamental que dispongan de tiempo para planificar y prever las consecuencias de sus actos y decisiones. Es imprescindible que dispongan del espacio necesario para pensar y responder sin prisa, tiempo para ir a su ritmo, que quizás sea más lento que el nuestro.
Nuestras hijas e hijos son niños o adolescentes que están observando y asimilando, es importante no enseñarles con nuestras conductas los malos hábitos de los adultos. Lo bueno para su educación es que puedan adquirir una seguridad mental que les aporte los recursos necesarios para incorporarse saludablemente en el mundo exigente de los adultos en el que reinan las prisas y el estrés. De modo que no debería haber prisas para ir al colegio, para tomar la merienda, darse una ducha o ir a la plaza. Tampoco para comer o leer el cuento de la noche, ni siquiera para ir a dormir. Si hay prisa es que las pautas no están bien asumidas, o no hay pautas, o están mal definidas. O no sabemos comunicarlas con claridad. O falla la organización. O sobran actividades. O queremos que hagan más de lo que pueden. O no hay prioridades. O no tenemos claro la importancia de la lentitud y la calma en la vida de nuestros hijos, incluida la adolescencia.
En realidad las prisas deberían servirnos para detectar fallas en nuestra organización familiar y desarrollar criterios en familia para poder vivir sin apuro, dándonos unos a otros el tiempo que necesité cada quien para aprender, para comprender, para asimilar, para disfrutar de lo que hacemos, así enseñaremos a pensar, no a obedecer. Nuestros hijos no pueden llevar el ritmo de un adulto. No pueden llevar nuestro ritmo. Están en su momento de preparación, de formación y aprendizaje. No olvidar esto nos permitirá no minimizar el efecto negativo del apuro y favorecer en ellos la seguridad en sí mismos y un crecimiento saludable.

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